Un viaje por el NW de India

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Un viaje por el NW de India
« en: Lunes 08 Septiembre 2008 01:43:17 am »
UN VIAJE POR EL NW DE INDIA (Junio de 2008)


¿Que se va acercando el cenit del petróleo?, ¿Qué va a subir el precio de la aviación a cotas estratosféricas? Pues, anda, corre, aprovecha ahora para conocer un trocito de Asia, que hay aquí un billete de Air France por menos de 600 euros a Delhi. Corre, corre.

Así, ni cortos ni perezosos nos pusimos de camino a India para consumir en sus ciudades y caminos dieciséis días de los treinta de exiguas vacaciones que nos concede el riguroso sistema laboral occidental.

Os voy a contar el viaje que hicimos. Iré por partes, que es muy largo:

Parte I. La llanura indostana: Delhi, Chandigarh, Amritsar

Parte II. El triste exilio tibetano: Dharamsala

Parte III. Rutilante Himalaya: Manali, Kyelong, Shinkhun La

Parte IV. Volver volver
: Kullu, Delhi



« Última modificación: Miércoles 17 Septiembre 2008 15:51:21 pm por Rub-Logroño »

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Re: Un viaje por el NW de India
« Respuesta #1 en: Lunes 08 Septiembre 2008 01:44:20 am »
Un viaje por el NW de India

Parte I. La llanura indostana



Viajar es algo que siempre me excita. Aunque seamos poco más que un pulso que golpea las tinieblas, el simple hecho de viajar –y más si es a lejos- me hacen sentir trascendente, dotado de sentido, si es que eso es posible para un marxista impenitente. Y me gusta especialmente viajar sin plan, viajar alelado, curioso. La sensación de encontrarme en persona en sitios acerca de los que he leído, sitios que he buscado en el atlas, en los que me he imaginado poniendo el pie es, para mí, indescriptiblemente placentera. Espero poder seguir haciéndolo en el futuro, y hacerlo con la gente a la que quiero.

Nunca había viajado a Asia antes, y así el vuelo en sí mismo ya me pareció algo fascinante. Sobrevolamos Francia, Alemania, Chequia, Polonia, Ucrania, Rumanía, el Mar Negro, Georgia, Azerbaiyán, Turkmenistán, Afganistán y Pakistán antes de llegar a India. Ver desde el aire los picos nevados del Cáucaso, las inmediaciones del mítico Bakú, la nada de las estepas centroasiáticas –esos “tanes” (hay tantos: Kirguizistán, Uzbekistán, Kazajstán...), el mítico Afganistán, aquella descomunal tormenta eléctrica sobre Lahore... Todo eso me hizo llegar excitado, encantado, sintiéndome Richard Francis Burton, y aún sin haber salido de las “comodidades” del avión, un lustroso y diligente Airbús 340.




Como somos gente que no se lo monta mal del todo, un amigo de David –Kike, un encanto de muchacho- vino a buscarnos al aeropuerto y nos condujo a su casa. El hecho de tener un conocido en India ha sido una suerte por lo que ha supuesto en infraestructura básica y por la extraordinaria oportunidad de conocer de primera mano lo que podríamos llamar el “neocolonialismo occidental” en India. Apasionante, como veréis.

Su casa está en el Barrio de Hauz Khas, una zona residencial de Delhi, al sur de la ciudad. Delhi es una macro-ciudad de unos 17 millones de habitantes. En realidad no deja de ser una ciudad construida a base de otras ciudades conglomeradas, conectadas por dobles vías (de ahí que a veces se distingue entre Delhi y Nueva Delhi o se considera por separado a sus distintos distritos). La llegada supuso un sopapo en la cara de calima a más de treinta grados de temperatura. En la primera impresión de la ciudad, su aspecto general (organización de de calles y tráfico, gente en las calles) no parece un lugar más desastroso que otros países tercermundistas... estábamos en la zona rica de la India.




FOTO: El transporte local por antonomasia: el autorickshaw. Barato y trepidante.



Es sábado noche y la colonia española celebra una fiesta. Así, un poco de súbito, recién llegado, aún con las legañas del viaje, me veo en una terraza de una ciertamente algo lujosa zona residencial, con una KingFisher (la cerveza local, expendida únicamente en tamaño pinta, es decir, adecuadamente) en la mano, un poco alucinado, desubicado, mientras contemplo murciélagos de metro y medio de envergadura (zorros voladores) que me sobrevuelan. La gente charla acerca de su situación y vida y me apasiona. Son trabajadores de empresas españolas que se dedican al comercio, a la gestión o a la construcción. Unos compran mercancías a buen precio, otros son ingenieros de empresas españolas que han conseguido contratos de construcción en India, otros son becarios y funcionarios de la Embajada Española. Incluso hay freelances que se dedican a asesorar a empresas, a hacer gestiones para terceros que están interesados en invertir en India.

Me pregunto cómo debe ser pasar una parte de tu vida viviendo en India, en ese planeta paralelo. Qué relaciones laborales y humanas construyes, qué cosas aprendes. Son vidas apasionantes, interesantes y, sospecho –al revés de lo que muchos opinan-, muy productivas para ambas sociedades, la india y la española. Económicamente no creo que suponga nada más trascendente que una de esas burbujas del capitalismo, una pompa que estallará un día. Pero en cualquier caso... ¿qué hay hoy que tenga más sentido que lo demás?

Una vez acabada la fiesta, más bien tarde, a casa. “David, anda, deja a esa  hindú quieta, que nos vamos”. Amanece en la ciudad, hay 27 ºC, unos perros rabiosos corren tras el coche. Nuestro conductor, borracho como pellejo, nos conduce por dirección prohibida, tocando el claxon, arrollando a otros coches, motocarros, tartanas: nos desplazamos en un Tata todoterreno, el Cayenne local, y aquí el tamaño manda, amigos.

(...omitamos nuestro despertar resacoso...)


La Vieja Delhi, un amasijo invivible de calles estrechas repletas de gente y gente y situadas en los alrededores del Río Yamuna (el Ganges no pasa por Delhi, frustrando el mito geográfico occidental). De entre los muchos monumentos recomendables en la zona elegimos, recomendados, Jama Masjid -una gran mezquita- y el Fuerte Rojo.

Merece la pena visitar la Vieja Delhi, pues hay que experimentar ese espectáculo humano de hacinamiento, superpoblación y miseria infame. Un santuario de olores que te abren las fosas nasales de un sopapo, de miseria humana en su estado más puro y más puto. Mendigos que morirán pronto, comerciantes con puestos repletos de mercancías baratas, puestos de comida cocinada con pinta dudosa, artesanos trabajando frente a sus talleres, mutilados pidiendo limosna, niños por miríadas, señoras con elegante sari montandas en rickshaw, de compras, un carro de lichis arrastrado por un hombre-caballo, un niño andrajoso que echa la mano y se lleva una fruta. Una actividad frenética, ajena al occidental, que es ahí un accidente, un mojón en la calle.



FOTOS: Calles de Delhi. Permanentemente atestadas de gente y abigarradas de productos que, por la propia estructura económica, no llegan a todos.





La mezquita gigante en medio de un universo hindú enfrentado con sus vecinos musulmanes muestra la tolerancia por todo lo espiritual y religioso que impregna a la sociedad india (sin perjuicio que, de vez en cuando, se líe una matanza de unos pocos cientos). No hay un solo rastro de laicidad. En India se respetan, en nombre de la religión, los preceptos más curiosos, y si alegas motivos religiosos podrás comportarte de la forma más excéntrica o irresponsable. Así, si eres sacerdote jainista puedes ir desnudo, en contra de los tabúes culturales contra el nudismo o si perteneces a la religión sij estás eximido de llevar casco al montar en moto, pues tu religión te obliga a llevar un turbante. Locuras de la trascendencia.

La mezquita de Jama Masjid es grande y espectacular en algunos de sus detalles. Data del siglo XVII. Además ofrece una oportunidad interesante: se puede subir hasta uno de los minaretes (no recomendable para claustrófobos ni gente sensible al agobio, las congestiones o demasiado tiquismiquis con minucias como la seguridad) y contemplar desde arriba la Vieja Delhi. Mirad lo que se ve:




FOTO: Una pequeña porción de Delhi, vista desde las alturas del minarete. Fuera de la época de lluvias Delhi tiene una permanente capa de calima sobre ella, producto del polvo de las resecas llanuras vecinas mezclado con la fuerte contaminación.




Visitamos el Fuerte Rojo (Lal Qila), que es otro resto de la época mongol, como el archiconocido Taj Mahal, de la cercana Agra (el cual, por cierto, no visitamos, convirtiéndonos así tal vez en los únicos turistas occidentales del año en no verlo). Nuestra visita al Fuerte Rojo tuvo un toque surrealista, sobre todo al hacerla en domingo. Lo visitamos rodeados de miles de turistas y curiosos... pero todos ellos indios. Éramos los únicos occidentales allí (y esto nos pasó mucho a lo largo del viaje). India es demográficamente tan potente y económicamente tan rica que produce sus propios turistas nacionales que lo invaden todo, creando una sensación parecida a la que debe tener un inglés en Benidorm, al verse rodeado de españoles recién llegados de Móstoles y vistiendo camisetas estilo imperio y chanclas.

Pero ahora me pregunto... ¿pero nunca habían visto un occidental? La gente nos hacía fotos, nos saludaba, se reía. Nos pedían que posáramos con ellos para sus fotos –me imagino que ya estoy expuesto, sonriente, en algún marco kitsch en el salón de varias casa de familia de clase media india-. Éramos celebridades. Todo el mundo se reía de nosotros (cuchicheaban “mira el guiri que ropa lleva”, “mira, está comiendo”, “escucha cómo hablan”, “por Vishnú, qué cara tan rara tiene”). Una sensación difícil de explicar. Nosotros sonreíamos, claro, como guiris bobos: era lo que se esperaba de nosotros.




FOTO: A los nativos les parecía extraño casi todo lo que proviniera de un extranjero. Aquí están arremolinados a mi alrededor por cometer la excentricidad de consultar una guía turística junto a un monumento.



Chandigarh



Salir de Delhi –aunque nos lo olíamos- no resultó tan sencillo como se puede pensar.

Según recomendaciones del compañero de piso de Kike decidimos que, antes de entrar en el Himalaya, queríamos visitar al menos Chandigarh, en el estado de Harnaya y Amritsar, en el Punjab. Lo decidimos en ese momento... habíamos aterrizamos en Delhi con ideas muy vagas de lo que queríamos hacer y éramos libres para movernos a capricho.

Pretendíamos llegar a Chandigarh viajando en los míticos trenes indios, así que nos dirigimos a la Estación de Ferrocarril de Nueva Delhi. La organización no es un factor al que los indios le den excesiva importancia, y hay pocas cosas mejores para hacer negocio que un occidental perdido en la vida. Así que, rodeados de buscavidas que pretendían vendernos billetes de autobús, de primera clase de tren (aquello resultó no existir), vendernos cualquier cosa, llevarnos en avión a Leh, informantes que nos decían que en la estación ya no había taquillas, o que tendríamos que ir en el techo del tren, mientras íbamos dando vueltas por la ciudad, por fin en unas tres horas de penar, discutir,  explicarnos y telefonear, conseguimos nuestros flamantes billetes para el tren de las cinco.

La India en general es como volver a los años cincuenta en muchos aspectos. Y el tren es una de ellas. Los precios del tren son prohibitivos para clases por debajo de la media-alta. El billete nos costó 450 rupias, unos siete euros (el salario medio diario de un indio anda por las 60 rupias). Así, por ser un lujo, el tren tiene azafatos y camareros y te traen prensa. Nos sirvieron una merienda caliente, zumo y té. En España en un viaje de TALGO, una vez, un revisor fue amable, y eso es lo más parecido que recuerdo haber vivido en España.

Chandigarh es una ciudad artificial, si es que esa palabra se puede aplicar a algo que siempre es artificial, como una ciudad. Tal vez sería mejor decir, planificada. Hasta los años cuarenta allí no había casi nada, apenas unos cultivos y unas aldeas, si es que esto es casi nada. Por entonces a Nehru se le ocurrió dotar al estado de Harnaya de una ciudad planificada que sirviera como capital. Se encargó el diseño a Le Courbusier y parió el feto ortogonal que es hoy Chandigarh. Fea y fría, pero eso sí, tal vez la única ciudad de la India que no es un caos.

La ciudad es un gran damero con casillas de 1x1 km. En cada casilla en el perímetro se sitúa la zona comercial y pública y en las parcelas del interior están las viviendas y las zonas privadas y comunes. Nos buscamos un hotel en el Sector 17, y fuimos a cenar al 22. Leyendo esto se puede pensar que estábamos en una especie de ciudad posmoderna del futuro. Nada más lejos de la realidad: la gente dormía en las calles, igual que en el resto de India, la circulación era alocada y el aspecto general era de suciedad y abandono. Pero la podredumbre, en vez de estar echada al tuntún, adquiría una forma cuadriculada que debería satisfacer mucho a Le Courbusier.

Aquí un mapita de la ciudad:





La ciudad tiene una peculiaridad, que visitamos. Es el Rock Garden. Se trata de un museo al aire libre que un apacible hindú –abunda bastante este perfil- construyó en silencio a lo largo de treinta años usando la principal materia prima del país: los escombros y la basura. Hoy en día es un recinto muy turístico, con más de un millón de visitantes al año. Mirad un par de fotos, que son curiosas:




FOTOS: Un enorme museo de muchas hectáreas construido a base de escombros.





Luego, como si fuéramos una familia más, nos fuimos a comer al Lago Sukhna (también artificial), donde nos abrasaron la boca adecuadamente (en India debe ser así) a precios muy razonables.

Por descontado, nos equivocamos de estación de autobuses –siempre hay dos y siempre la cagas- e hizo falta coger un taxi de verdad (no un autorickshaw, ese motocarro con motor de vespino) para que nos llevara a tiempo a la correcta. Tras el caos correspondiente, conseguimos sentarnos en nuestros asientos con destino a Amritsar, la capital sij.




FOTO: Una hornacina hindú situada en mitad de la calle, en Chandigarh. Todo el país se encuentra lleno de estampas, iconos, imágenes, templetes. Unos instantes antes de tirar esta foto una hermosa rata se paseaba entre las figuras. No soy muy rápido con la cámara y se escabulló sin dejarme captar la curiosa escena...




Amritsar

Los sij son un grupo religioso fundado hacia el s.XV e insertado transversalmente entre las comunidades musulmana e hindú. Creen en un solo dios y en la reencarnación, pero no en los sistemas de castas. Suelen ocupar una posición social relativamente alta y son un grupo cohesionado y solidario. La imagen más conocida que tenemos los occidentales de ellos es la de un señor con barba y turbante. En líneas generales puede decirse que me ha asombrado bastante su organización y su tolerancia, pues he comprobado con sorpresa que están insertados en todos los ámbitos de la vida y en todos los escalones de la sociedad (el actual primer ministro es sij) y que su grado de proselitismo es bajo. No son endogámicos ni excluyentes y generalmente están en compañía de hindúes y musulmanes, aunque sin rebajar sus costumbres religiosas o estéticas (turbante, nunca se cortan el pelo ni afeitan, llevan una daga, un brazalete y practican la “corrección” según la entienden ellos).





FOTO: Entre los modelos involuntarios de esta foto, los del turbante son sijs, y probablemente también la señora y su hija, si es que tiene mucho sentido una mujer sij.


Cuando llegamos a Amritsar sufrimos el habitual acoso de estación “hotel, sir”, “taxi taxi”, “rickshaw, sir” “your luggage”. Lo mejor es resistir estoicamente, sin prisas, llevar decidido el sitio al que quieres ir (ya que si no se encargarán de decidir por ti un hotel con el precio convenientemente hinchado), señalar a un taxista arbitrariamente y preguntarle el precio al destino, regatear para rebajarlo un 20 ó 30 %, cambiando de sujeto si es preciso. Garantizado: en cuanto hay acuerdo firme todos los pesados se esfuman, como si lloviera azufre.

Bien, después de la capitalidad de Nueva Delhi y de las calles cuadriculadas de Chandigarh, Amritsar sí que era un auténtico caos. Calles estrechas, llenas de basura, cloacas corriendo al aire libre por los bordes de la calle, miseria, gente hacinada en las calles, edificios ruinosos, mohosos, calor agobiante, contaminación, claxon, claxon, claxon. El autorickshaw se detiene en una calle especialmente sucia y mohosa (si cabe): es nuestro hotel, la destartalada Sharma Guesthouse. La Guía Lonely Planet la describe así: si no importa prescindir de las comodidades, esta venerable institución de la ciudad vieja es un sitio magnífico donde alojarse.



FOTO: ¿Una habitación con tele y aire acondicionado? ¡Sharma Guesthouse tiene de todo! Nada funciona y todo esta sucio, pero abulta. David mira con cierta cara de susto las instalaciones.



Aquella noche tuve una pesadilla bastante fuerte, favorecida sin duda por las altas temperaturas de la noche (y puede ser que por Lariam, el profiláctico contra la malaria, también, pues tiene efectos secundarios psicoactivos). Me obsesionaba el estar en el centro de un sitio tan sucio, lleno de cloacas hediondas, en los que la gente dormía en la calle, sobre basura, sobre heces. Soñaba con una imagen del Google Earth, que se va acercando. Y se acerca como arrancando capas de cebolla, a un sitio lleno de porquería, en el que estoy. Cada vez se acerca más y más, se ven los chabolarios, se ve la miseria, se ven las aguas fecales corriendo por las calles, cada vez más cerca, ya se distinguen las calles, se pueden ver los edificios, ruinosos, y ahí me veo yo, en el centro del Google Earth, envuelto en sudor, en una habitación cochambrosa de un edificio cochambroso, en una calle repugnante del barrio más asqueroso de una de las ciudades más tórridas y sucias de un país harapiento. Zoom dentro, zoom fuera, y ahí estoy yo, rodeado hasta kilómetros más allá de auténtica mierda y miseria. La pesadilla era muy recurrente y lo pasé mal aquella noche, en que sudé litros y desperté agitado muchas veces. Aquí una imagen vaga de donde estaba yo físicamente en Amritsar... tomada de Google Earth, como en mi sueño. Ya se ve que no andaba la pesadilla tan desencaminada. Todas las calles, todas, son miserables: es la ciudad vieja. El recinto del estanque es el Templo Dorado.




Pesadillas aparte, Amritsar es un lugar estupendo y, desde luego, merece la pena visitar el Templo Dorado.

No soy muy religioso, me indignan esas perniciosas supersticiones, y la devoción cristiana o de otras religiones nunca me han conmovido en lo más mínimo. No obstante, visitando el Templo Dorado, la Meca de los sijs, he comprendido más claramente cómo son esos sentimientos de experiencia trascendente y comunión que deben sentir los devotos.

El templo –un templo sij se llama gurdwara– está concebido como un gigantesco recinto en el que los fieles, peregrinos a menudo, pueden hacerlo todo. Se puede rezar, hacen abluciones en el gran estanque, se discute acerca de religión, se traban relaciones sociales. Pasan días ahí, e imagino que se sentirán tocados por dios. Pero no es todo espiritual, el asunto también requiere una gran intendencia. Los peregrinos duermen en grandes salas de mármol, o tirados junto al estanque, atendidos por voluntarios. Esos voluntarios –cientos- preparan diariamente comida para las decenas de miles de peregrinos que hay permanentemente en el templo. Resultaba impresionante ver montañas con miles de platos metálicos esperando a ser fregados. No se cobra entrada, la comida es gratis, el alojamiento es gratis, cada uno colabora con lo que puede si quiere. No hay tiendas de venta de quincalla ni estampitas ni porquerías como en Lourdes o en el Vaticano. Miles de barbudos con turbante desfilan para visitar el Hari Mandir Sahib, el recinto más sagrado, las mujeres cuidan a los niños. Todo está sorprendentemente limpio, andamos descalzos. La gente es amable y curiosa y se siente que honestamente te dan la bienvenida, sin mirarte como a un infiel. Y, de nuevo, somos los únicos occidentales entre decenas de miles de indios. Los niños se arremolinan y se ríen de nosotros, claro, somos muy raros.





FOTOS: El Templo Dorado de noche y de día, siempre atestado




Gastamos la mañana siguiente en pasear por Amritsar, donde hicimos algunas fotos pintorescas como éstas:




FOTO ARRIBA: Una calle residencial en el centro de Amritsar. La convivencia es muy cercana. FOTO ABAJO: La vida se hace en la calle. Y los negocios. Esto es una coqueta barbería.





Luego, a mediodía, tomamos un autobús que nos llevaría directamente a Dharamsala, en la mismísima entrada al mítico Himalaya. Adiós al calor premonzónico.


Continúa...
« Última modificación: Jueves 11 Septiembre 2008 15:27:07 pm por Rub-Logroño »

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Re: Un viaje por el NW de India
« Respuesta #2 en: Lunes 08 Septiembre 2008 01:46:45 am »
Un viaje por el NW de India

Parte II. El triste exilio tibetano


El camino a Dharamsala es largo. Y en ese camino hay una barrera claramente visible. Tras una parada en la ciudad de Pathankot notamos que el terreno empezaba a cambiar de textura y aspecto. Por fin acabábamos aquellas monótonas y polvorientas llanuras para entrar en un terreno con colinas, ondulado. Y de pronto, doy un bote en el asiento. ¡Es el Himalaya, que aparece de sopetón! ¡Zaca, en toda la cara!



FOTO: Sé que esta foto es una porquería. Pero es mi primer vistazo al Himalaya y tiene cierto valor sentimental (si queréis ver mejores fotos de la cordillera aguardad al siguiente trozo [III. Rutilante Himalaya]. Esta foto la tomé desde el autobús. He ajustado el contraste para que pueda verse entre la neblina la cordillera. Son picos que suben de nada a unos cuatro mil metros y que aún tenían nieve.



Para mí el Himalaya era algo, no sé como decirlo, algo tan mítico que rozaba la no existencia. Vérmelo de frente me causó una gran impresión y me excitó más que cualquier cosa o cualquier congénere. Me movía por el autobús de una ventanilla a otra, mirándolo, haciéndole fotos. Buf, qué tensión, sólo quería subir, tocar nieve, comerme un yak.


Cuando llegamos a Dharamsala (ya a 1.219 m)  tomamos un taxi a la aldea vecina de McLeod Ganj (a 1.770 m). Es ahí donde reside el Dalai Lama con el gobierno tibetano en el exilio y donde se concentra toda la actividad cultural, política y religiosa tibetana en la actualidad.

McLeod es un peculiar conglomerado de edificios que trepan por una ladera, con un estilo arquitectónico mixto entre asiático y occidental y consagrado en gran medida a los viajeros espirituales, políticos o meramente curiosos, como nosotros. Está lleno de hoteles y casas de huéspedes por lo general espartanos, que encajan perfectamente en el estándar mochilero.




FOTO ARRIBA Y ABAJO: McLeod Ganj de noche y de día, desde la habitación de nuestro hotel, el Yellow Guest House: limpio, cómodo, austero y con vistas impresionantes sobre el valle.




Aquí, en esta zona, todo es diferente. Ahora, al revés que en las llanuras, predomina lo budista sobre lo hindú. Esto implica un cambio de verdad muy sustancial, pues el carácter de las dos comunidades me parece completamente diferente. Lo que no impide, afortunadamente, que exista un fuerte respeto mutuo. Creo que por lo general los occidentales (o al menos yo) nos sentimos más cómodos con lo budista. Es más limpio, más silencioso, menos kitsch, menos lioso, nos parece más inteligible.

Aprovechamos la gran cantidad de turistas occidentales (la única vez que esto nos ocurrió en nuestro viaje) para hacer amistad con un trío chileno-argentino que trabajaba en Nueva Zelanda. Menudo viaje que se estaban dando, por cierto, por todo el sudeste asiático e India (ay, incluyendo Calcuta, qué envidia). ¡¡¡¡Chicos, si por casualidad leéis esto y os reconocéis, mandadme vuestro email, que lo he perdido, y así os mando alguna foto!!!!



FOTO: David con la representación en McLeod Ganj del Cono Sur


En McLeod Ganj no sólo hay hostales y puestos de quincalla tibetana. Ahí se encuentra el complejo de Tsuglagkhang. Comprende la photang (residencia oficial) del Dalai Lama (no estaba ahí cuando fuimos, estaba de viaje: tiene un año activo el hombre), el museo del Tibet y la propia Tsuglakhang, que se trata de un templo consagrado a una estatua de tres metros del buda Sakyamuni. Contiene reliquias que fueron rescatadas del templo Jokhang (el principal de Lhasa, capital del Tíbet) y fueron así libradas de la destrucción de la Revolución Cultural. No hay que esperar nada muy impresionante. Se trata de unas instalaciones humildes y que parece que han sido hechas con vocación de provisionalidad, mientras se soluciona el problema. Pero el contratiempo va alargándose y ahí siguen.

En este lugar me sucedió lo mismo que dos días antes me había sucedido en el Templo Dorado de Amritsar. No soy religioso y creo que la búsqueda de trascendencia ha hecho más mal que bien a la humanidad. Pero de nuevo no pude evitar sentirme profundamente conmovido por la religiosidad que impregnaba todo en Tsuglakhang. De nuevo un ambiente de acogida, de respeto, de comunión en el que todo el mundo podía sentirse invitado, sin preguntas ni exámenes.

Al llegar, sin aviso ni insinuación, sin saber qué íbamos a ver, nos encontramos dentro de esta escena impresionante:






Cientos de personas, casi todos ellos monjes tibetanos, estaban sentados ante la estatua del buda Sakyamuni (que es el que se ve en la primera foto) recitando acompasadamente sus oraciones, algunos ayudados de un rosario o de una rueda de oraciones Sus suaves rezos estremecen, así como el sonido de sus instrumentos (una especie de fanfarria y unos platillos), con los que separan un rosario y otro.





Me impresionaba mucho ver gente mayor. Por las calles de McLeod se veían muchos mendigos tibetanos, que aparentemente eran refugiados. La mayor parte de ellos tenían terribles amputaciones en las manos y a algunos no les quedaba ni un solo dedo de la mano. La vida en el Tíbet ha sido muy dura, el frío muy intenso, la medicina precaria y en muchos años de vida nómada en las montañas, en una u otra ocasión, es fácil sufrir congelaciones e ir perdiendo los dedos, hasta llegar a anciano sin ninguno. No podía dejar de pensar que esa gente había conocido el Tíbet antiguo, teocrático, el mítico. Aquí, las fotos de unos ancianitos:







Dentro del recinto de Tsuglakhang está también el muy recomendable Museo del Tíbet. Este museo, de una manera bastante sencilla y casi sin medios (apenas unas fotos, unos pocos objetos), cuenta la historia del Tíbet, con especial atención a la ocupación, la rebelión, la guerrilla y el exilio.

No hay que olvidar que en 1949 la China de Mao Tse invadió el Tíbet, que había permanecido virtualmente independiente y aislado y que era entonces una pintoresca y apacible teocracia gobernada por un niño (el actual Dalai Lama). La historia aparece muy bien contada en la buena película de Jean-Jacques Annaud Siete años en el Tíbet, que está basada en una novela (que no es de ficción). A la invasión siguió una creciente represión de las costumbres tibetanas que fue incrementándose a medida que se acercaba la Revolución Cultural, lo que acabó desencadenando en 1959 una rebelión, el recrudecimiento de la guerrilla (financiada por los Estados Unidos en aquella época) y la huida del Dalai Lama a India, donde encontró asilo, aquí, en McLeod Ganj. La Revolución Cultural supuso la muerte o “reeducación” de muchos monjes y la destrucción de miles de templos o su reciclaje en establos o fábricas. Además China ha ido movilizando, en una actitud muy similar a la de Marruecos con el Sáhara Occidental, a cientos de miles de chinos de la etnia han que van repoblando el Tíbet y reduciendo a los tibetanos a una minoría en su propia tierra.

En mi libreta de viaje, ese día escribí, en caliente: “Los monjes apiñados recitan mantras y rezan por liberar su tierra de China. Si yo fuese ellos tomaría un fusil”.  Pero la verdad es que su causa es probablemente una causa perdida, de nuevo como la de los saharauis. Los tibetanos han sabido ganarse el favor de la opinión pública de Occidente. Han hecho una buena campaña de imagen, usando lo bueno de su religión como estandarte (se han alineado con la causa ecologista, con el pacifismo). Pero todo eso ha sido para nada o casi nada. Y pese a que su situación vuelve a estar de actualidad este año 2008 y pese a que China incrementa su presión, el silencio de los estados Occidentales aturde, y hace inútil cualquier esfuerzo. Y sin la ayuda de los gobiernos, todo es un brindis al sol.




FOTO: A la entrada del complejo de Tsuglagkhang, grupos de monjes se turnan en un ayuno permanente como forma de protesta. Como parafernalia fotos del Dalai, carteles reivindicativos, fotos de torturados a manos de la policía china y la bandera tibetana.


En los alrededores de McLeod se ha creado un gran movimiento pseudo-hippie, algo perroflaútico alrededor del budismo, alentado por los medios de comunicación y, supongo, por los muchos Richard Gere. Hay muchas pequeñas aldeas habitadas por muchos hippies colgados, vendedores de marihuana, gente que va a buscarse a sí misma porque no se puede encontrar en su casa y algunos pocos honestos interesados en el dilema tibetano. La zona está llena de casas y casitas, templos, hornacinas, pequeños altares en la montaña. Y basura, mucha basura: los turistas somos unos guarros.



FOTO ARRIBA: David y yo en uno de los muchos templillos y adornos religiosos budistas de los que la zona está llena. La cruz gamada (sobre la cabeza de David) es un símbolo hindú inmemorial. FOTO ABAJO: Una hindú por Dharamsala.




La tarde en que nos íbamos, pues queríamos llegar a Manali para empezar nuestro periplo por el Himalaya, surgió un problema imprevisto...  A las cinco de la tarde empezó a llover. Así dicho no parece demasiado.



FOTO: Así lucía McLeod Ganj un poco antes del impresionante episodio premonzónico que vivimos con sorpresa creciente, en chanclas, con capa de lluvia, chorreando y con el agua torrentuosa a la altura de los tobillos discurriendo enfurecida calle abajo.


Junio empieza a ser en la zona un mes de lo que se conoce como el “premonzón”. Esto quiere decir que ya empieza a haber humedad en el ambiente y se desarrollan, de tarde en tarde, fuertes aguaceros (a menudo tormentosos) que presagian lo que llegará al mes siguiente. Hacia las cinco del día en que debíamos coger el autobús a la salida del pueblo (salía a las ocho), empezó a llover con una gran intensidad. Aguaceros así los hemos visto todos... y duran cinco o diez minutos. Pues este se alargó durante al menos tres horas de intensísimo diluvio.

Caía como catarata, las calles eran torrentes, era imposible asomarse sin quedar calado al instante de arriba a abajo. Pero la hora iba llegando y teníamos que salir ahí afuera con nuestras mochilas (que guardaban la ropa para todo el viaje) y recorrer el espacio que nos separaba de la salida del pueblo para buscar el autobús. Y no amainaba ni por asomo. Así que nos envolvimos en las capas, protegimos con plástico la cámara y salimos a esa riada. Toda una experiencia. El agua, que nos llegaba por los tobillos, corría despavorida calle abajo, no había nadie, los chorros que lanzaban los tejados dolían sobre la capucha. Casi pierdo las chanclas, arrastradas. Era indescriptible. Avanzamos así y en cuatro o cinco minutos conseguimos llegar al autobús. La gente estaba empapada, estresada, todo era un barrizal. La mitad del pasaje aproximadamente no consiguió llegar al autobús. Los demás nos desnudamos dentro y pusimos todo a secar. Una noche empapada y una experiencia sorprendente.

Una vez que llegamos a Manali (2.050 metros) tratamos de hacernos con una moto de alquiler para trillar las carreteras himalayas. No entraré en detalles –ay, algunos duelen-, pero no pudimos conseguir alquilar ni dos ni una de esas maravillosas Enfield Empire, clásicas donde las haya, que inundan las carreteras de la India. Del intento nos quedó esta foto:




En Manali llovía, estaba cubierto, el tiempo era brumoso, muy húmedo. Al igual que Dharamsala, está en la primera línea del Himalaya, el primer punto en el que golpea toda la humedad que entra al subcontinente, el punto donde se eleva, condensa y cae. Era obvio que teníamos que adentrarnos en el Himalaya para encontrarnos con mejores condiciones. Había que ir al mítico Lahaul, un valle más en el interior del Himalaya, más resguardado. El problema es que en medio, entre Manali y Kyelong está el enorme mamotreto de Rhotang La, un puerto de 3.978 metros de altura cuya carretera (por supuesto sin asfaltar), debido a las lluvias torrenciales, estaba parcialmente destruida.

No nos importó. Somos gente de recursos –es algo sensacional tener pasta en el tercer mundo- y alquilamos un taxi todo-terreno para que nos llevara a toda costa a Kyelong, la capital de Lahaul y Spiti, el rincón más recóndito del estado de Himachal Pradesh.

En espera del taxi fuimos a dar una vuelta y a hacer fotos. Los niños se congregaban a nuestro alrededor (éramos, por enésima vez, los únicos occidentales en la ciudad) a pedir dinero, comida, a limpiarnos los zapatos, a curiosear. India entera está llena de niños. Es un país con una demografía muy fuerte, tanto que será su absoluta ruina. Hay niños por todas partes y gran parte de ellos lucen sucios y abandonados. Incluso algunos, tristes y enfermos. Si embargo, mientras tanto, India sigue poniendo trabas a la adopción internacional y sigue sin tomar medidas de planificación familiar.

Aquí unas fotos, de eso, de niños. Algunas me impresionan ahora al verlas tanto como cuando las tomé:





















(Continúa en forma de relato por las alturas del rutilante Himalaya...)
« Última modificación: Lunes 08 Septiembre 2008 21:01:08 pm por Rub-Logroño »

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Re: Un viaje por el NW de India
« Respuesta #3 en: Lunes 08 Septiembre 2008 01:50:18 am »
Un viaje por el NW de la India

Parte III. Rutilante Himalaya




Rhotang La

“Lahaul y Spiti” es el distrito más montañoso del estado indio de Himachal Pradesh. Tiene unos 14.000 km2 y en él viven 34.000 personas. La capital y mayor población es Kyelong, hacia donde nos dirigíamos. Todo el distrito es sorprendentemente abrupto, hasta el extremo de que apenas hay zonas planas aparte de los estrechos fondos de sus empinadísimos valles. Al norte de él se entra ya en la zona este de la Cachemira india, a Ladakh, donde se encuentra Leh, una famosa ciudad himalaya.

A este remoto lugar del mundo sólo se puede llegar a través del puerto de Rhotang La, que nos disponemos a pasar. El puerto tiene 3.980 metros de altura, la carretera está pavimentada sólo a trozos y es un desastre casi interminable. El puerto está cerrado entre octubre y mayo o junio, por la enorme cantidad de nieve que recibe (es una zona muy expuesta). Así que los habitantes de Lahaul no tienen contacto con el mundo durante unos ocho meses al año, lo que en sí se me antoja bastante impresionante. Y no se trata de un pueblillo. Son miles de personas (con sus médicos, sus prefectos, sus comerciantes, sus surtidores de gasolina, su gobernador, sus cibercafés...) que viven incomunicados por la nieve la mayor parte de su vida. A mí me impresiona mucho la idea... y la verdad es que la encuentro seductora. Un invierno en Lahaul tiene que ser una experiencia para vivirla.

Las lluvias premonzón de los últimos días (véase Parte II. El triste exilio tibetano) habían provocado corrimientos de tierra que se habían llevado grandes partes de la carretera de Rhotang. Estaba siendo reconstruida a toda velocidad: grandes bulldozers recomponían los taludes hundidos, pura arcilla, un camión se había despeñado, algunos vehículos estaban atrapados en el fanfo. Iba a ser un viaje complejo. Además, según salimos, el coche en el que viajábamos se estropeó, como le pasa a casi todo en India. Hicimos unas fotos mientras esperábamos un recambio, al menos. Nuestra ruta se corresponde con lo que se llama rimbombantemente la Autopista Manali-Leh. A ese respecto podéis leer este enlace: http://en.wikipedia.org/wiki/Leh-Manali_Highway y veréis lo que cuenta acerca de accidentes, mal de altura y derrumbamientos.




FOTO ARRIBA: Todoterreno estropeado. Las montañas de esta zona empiezan a ser lo que en Europa nos parece altísimo y aún retienen nieve pese a ser Junio, pese a la latitud y el calor. Esta zona es muy verde por ser brumosa y lluviosa, ya que es la primera línea en la que se estampa la nubosidad en su camino al norte. La zona a sotavento, al norte, a donde nos dirigimos, es marcadamente más seca y el paisaje mucho más árido. FOTO ABAJO: Cientos de camiones trataban de superar el puerto, atascándolo, ya que apenas podían transitar por las zonas más deterioradas. Tienen apenas tres o cuatro meses para llevar mercancías a Lahaul, Spiti y Cachemira antes de que el invierno cierre los puertos, así que tenían poco tiempo que perder, aunque esto sea un concepto muy relativo en esta parte del mundo.




Tras conseguirnos un nuevo todoterreno empezamos a adelantar hileras de camiones. En India se conduce por la izquierda, es decir, se adelanta por la derecha, con lo que el barranquillo nos quedaba a nuestro lado –¿quitamiedos?, ¡pero si no había ni asfalto, cómo va a haber quitamiedos!-. Indiferente el conductor adelantaba a toda velocidad, majara perdido, y de forma tan irracional como se hace todo en el país. Los camiones estaban detenidos por cientos en los bordes y el resto del espacio, poco, lo usábamos coches que subían y bajaban. Mientras tanto, iba anocheciendo.




A partir de unos 3.500 metros empezaba a haber nieve, y no precisamente poca. Las fresadoras debían de haberse esforzado mucho en abrir el paso este año y había ventiqueros con espesores de muchos metros de nieve. Más tarde descubrimos que arriba se improvisa todos los años una especie de estación de esquí bastante cutre, aprovechando los heleros que hay en la zona. Hay que remontar a pie, y por ahí, en casetillas, te alquilan esquíes y bastones.




FOTO: Los indios pudientes van de vacaciones a descubrir la nieve a sitios como Rhotang La. Arriba hay gente esquiando, lanzándose bolas de nieve sucia o haciendo el imbécil. Ahí estamos nosotros en el sitio más absurdo de toda la India, una especie de asientos excavados en el hielo y decorados con corazones.



Tardamos muchas horas en hacer un recorrido de noventa kilómetros. Rhotang La me pareció un sitio bastante surrealista, porque además de la zona de esquí descubrimos una ciudad de tiendas de campaña en su cima entre la niebla helada. ¿De qué vivían ahí? Se desconoce. Llegados arriba y disuelto el atasco, parecía que dábamos un paso hacia un mundo extraño, abandonado y sobre todo, empinado. No había luz, ni se veían coches subiendo ni bajando, pese al gran tráfico de un rato antes. Tras acabar de bajar el puerto nos encontramos la aldea de Khoksar, donde la policía debía revisar nuestros pasaportes y donde pudimos cenar en una dhaba.




FOTO: La dhaba de Khoksar. Una dhaba es una especie de diminuto y humilde restaurante, muy corriente en la zona, en la que el menú es único y consiste en una sopa y un arroz con salsa picante y algo de carne, con un pan en torta excelente. La vajilla es metálica, las paredes son mantas y no hay suelo. Estábamos hambrientos, cansados y destemplados por el viaje, y además todo estaba muy rico, así que cenamos con mucho más gozo que en Arzak o Zalacaín, os lo aseguro. Si a nosotros, pijos que llegábamos en coche nos sentó bien la hospitalidad de esta dhaba, qué no imaginar del placer de los arrieros al llegar, agotados y congelados, a un sitio tan acogedor.



Kyelong

Seguimos camino a Kyelong, un pueblo sobre el río Bhaga, a 3.350 metros de unos dos mil habitantes que hace de capital del distrito de Lahaul y Spiti. Queríamos dormir en él por ver el lugar y porque a través de un contacto que nos habían dado queríamos organizarnos una excursión sencilla por la zona. Llegamos muy de madrugada. Pero si tienes rupias contantes siempre se encuentra alojamiento (por suerte, ya que hacía frío esa noche...de Junio)




FOTO: Kyelong. Aquí todo está empinado y desde cualquier rincón hay vistas a enormes montañas por las que escurren glaciares.


La zona es plenamente budista y parece un trozo de Tíbet trasplantado a la India. La sensación de aislamiento se me hacía muy fuerte, tan rodeada de montañas y con únicos accesos a través de pasos de montaña formidables. La mayor parte de la población tiene rasgos orientales y las construcciones y el paisaje poco tienen que ver con el resto de India. La belleza de los paisajes es absolutamente escandalosa. Casi no hay vegetación aparte de la del fondo de los valles. Las llanuras están peladas, son rocosas. El Himalaya es joven y sus laderas aún no han alcanzado el equilibrio ni se han formado suelos profundos. En teoría, en Lahaul se pueden encontrar yaks, leopardos de las nieves, osos pardos y otro montón de fauna, pero en la práctica no conseguimos ver nada...

Esta parte de la cordillera tiene un clima más parecido al de Karakorum que al del Himalaya nepalí, que es mucho más húmedo. En realidad como Karakorum e Himalaya no tienen una separación clara, casi se podría decir que hemos estado más en la primera que en la segunda.  La lluvia en esta zona, salvo en las cumbres, es escasa (como orientación, en el cercano Leh se recogen 90 mm al año; en Lahaul los tejados son planos), no obstante todos los inviernos nieva varias veces y ocasionalmente se han dado episodios de nevadas muy intensas, incluso de varios metros, que han producido mucha mortandad. En invierno las temperaturas son gélidas incluso en el fondo del valle, con temperaturas invernales mínimas de -30 ºC (la mínima histórica registrada en India, a 5.600 metros descendió hasta -55 ºC). Las temperaturas veraniegas son muy suaves, incluso frescas, sobre los 15 /20 ºC de máxima.




FOTO ARRIBA: Shashur Gompa es un encantador monasterio budista colgado 600 metros por encima del valle. Es un templo moderadamente moderno que alberga en su interior un templo del siglo XVI. En su interior hay imágenes del lama Gyatsho, ruedas de oraciones y frescos. FOTO ABAJO: La puerta lateral es muy peculiar.




Desde Manali nos traíamos un contacto concertado. Queríamos encontrar a alguien con quien organizar un trekking por la zona. En teoría uno se puede organizar por sí mismo una excursión de varios días. El sitio es bastante seguro y en los pueblos del valle se pueden comprar provisiones y todo lo necesario. Pero, ay, en la práctica es mucho más difícil, porque los mapas de la zona son deleznables, no hay buenas guías en papel y es fácil perderse, además de que hay que prever comida, alguna medicina, una tienda de campaña, un buen saco de dormir... y eso `puede ser un lío si has venido a la India a pasar poco tiempo.

Además nosotros traíamos un capricho bastante inusual. Casi nos habíamos juramentado para subir algo, lo que fuera, que tuviera más de 5.000 metros. Queríamos experimentar esa altura, testar nuestros pulmones... queríamos soroche, mal de altura, dolor de cabeza. Y no éramos nada transigentes con el asunto. Queríamos nuestra medalla de cinco mil. Para bien o para mal la gente somos así y nos motivan mucho los hitos y las marcas... así que ¿por qué resistirnos a tan humana tentación?

Tras mucho hablar con el guía y mucho mirar mapas y contar días (ay, el viaje estaba en su justo medio ya y teníamos que ser prudentes, pues la vuelta podía complicarse) decidimos que la mejor excursión sería subir a Shinkun La. Éste es un paso de montaña de 5.090 metros, al fondo de un valle al norte de Kyelong por el que se puede pasar (y la gente lo hace) a golpe de calcetín hasta Cachemira. (Desde él se pueden subir algunos picos de la zona... pero eso no lo sabíamos entonces por desgracia).

El guía acordó encargarse de todo, de conseguir un transporte hasta Pal Lhamo, desde donde empezaríamos nuestro trekking, de la comida y del transporte, pues disfrutamos de un caballo que llevaba casi todos los bártulos, que no eran pocos. Como él se ocupaba de todo (porque los guiris bobos no valemos para nada), pues nos fuimos tranquilamente a hacer tiempo viendo los alrededores de Kyelong, que son fantásticos. Subimos hasta Shashur Gompa (el monasterio de las fotos anteriores), que nos enseñó amablemente un monje local, deambulamos y comimos como leones en nuestro hotelillo con vistas.




FOTO ARRIBA: Por si estáis echando currículos... En un sitio tan helador para vivir como Kyelong, ser herrero y trabajar al lado de la forja puede ser un trabajo bastante interesante. FOTO ABAJO: Como imagináis, Lahaul es tan pobre como el resto de India. La gran diferencia es que al ser una zona de baja densidad de población no da sensación de hacinamiento, por lo que deja una impresión de gozar de una mejor calidad de vida. No obstante pasar un invierno con temperaturas de -30 ºC en una chabola puede ser mucho peor.





FOTO ARRIBA: El bello verano.


Subiendo a Shinkun La

En la imagen de abajo muestro un mapa artesanal (no los hay mejores) de nuestra gran pateada. Sobre una imagen de Google Earth he dibujado en verde la subida a Shinkung La (o Shingu La, cada uno parece que lo escribe como quiere). Recorrimos, desde Pal Lhamo, último sitio poblado, un trozo del Río Jankar y entramos en el abrupto valle del Río Sangpo que remontamos hasta su nacimiento en un glaciar y un poco más arriba, hasta el paso de Shinkung La (5.090 metros), desde el que nos asomamos a Cachemira. Ramjak y Zangskar Sundo no son aldeas, tan sólo son refugios contra el viento hechos de piedras que los arrieros usan si les sorprende un temporal.




Toda la zona está rodeada de glaciares y cuajada de cimas de 5.000 y 6.000 metros. Creo que el punto más alto de Lahaul es el Pico Mulkila, de 6.517 metros. Así que las alturas no son impresionantes (para ser el Himalaya) y no hay picos de renombre, pero eso no le quita majestuosidad a la zona, ni el encanto de ser uno de los lugares más recónditos del mundo.

Llegamos en un todoterreno a Pal Lhamo con todos nuestros bártulos. Aquello resultó ser cuatro chozas de piedra en una planicie con pastos y unos muy exiguos cultivos de subsistencia. Cuando llegamos montamos la tienda y pronto apareció el mozo de esta foto, al que le pusimos el sugerente nombre de “El Campeón”. Por ropa y rasgos recuerda a un pastor pastún.


Como aún no había llegado nuestro guía con el caballo y con las provisiones nos fuimos a cenar a la dhaba del lugar. Sé que no existe un único culo del mundo; sé que hay varios. Pero sin duda nosotros estábamos en uno de ellos: Pal Lhamo. La dhaba era una choza de piedra iluminada por un candil, con un toldo por techo, sin suelo, sin apenas nada, en la que cenamos un poco de arroz con salsa picante sentados en una mesita de plástico diminuta. Aquí una foto de tan peculiar lugar (David a la izquierda y el barman, con un plumas, a la derecha):




Llegado nuestro caballo, a la mañana siguiente (esa noche llovió algo, amenazando con frustrar nuestro trekking), nos pusimos en marcha. El camino era sencillo, pues había una pista bastante ancha.








A mí, lo que más duro se me hizo de todo es que de vez en cuando llegábamos a grandes torrentes que surgían de bloques de nieve y hielo en fusión que había que atravesar descalzándose. El agua corría a toda velocidad y estaba recién fundida, con lo que el dolor en los pies, al menos para mí, se hacía insufrible y no podía pasarlos sin gritar ayayayayaya. David casi siempre conseguía saltar y el guía se montaba como podía en el caballo, que podría haber llevado el peso del mundo sobre su lomo, el pobre.






FOTO ARRIBA: El valle, de origen claramente glaciar, penetra en el Himalaya y se va volviendo cada vez más interesante. Sí, sé las pintas que tengo en esta foto...


En el mapa aparecían varios sitios con nombre. Al principio pensábamos que se trataba de pequeñas aldeas (aunque nos sorprendía que ahí pudiera vivir alguien). Pero pronto nos dimos cuenta de que Zangskar Sundo o Ramjak no eran aldeas. Son sencillamente sitios en los que existe una cabaña sin tejado en la que se puede colocar un toldo (que nuestro guía llevaba) para resguardarse del frío y el viento. Nadie vive allí, pero los arrieros que atraviesan los puertos de montaña necesitan un sitio en el que guarecerse cuando vienen mal dadas. En Zangskar Sundo, contra todo pronóstico y afortundamente había un hermoso puente colgado para superar el Río Jankar y entrar en el estrecho valle del Sangpo:







El valle del Sangpo era completamente diferente al anterior, que tenía una zona de terrazas en la parte de abajo aproximadamente plana. Este, en cambio, tenía a ambos lados unas laderas a 45 º totalmente yermas y ningún lugar en el que parar y acampar, hasta Ramjak, ya al pie del puerto.




FOTO ARRIBA: Cambio de valle. La foto está tomada desde el valle de Sangpo, el abrupto. Veníamos desde el valle del fondo, a la izquierda. Todo el recorrido estaba bordeado de picos de cinco o seis mil metros de los que colgaban glaciares. No quiero ser aguafiestas, pero sitios como estos son ideales para construir un embalse y aprovechar la energía hidroeléctrica. Si India sigue desarrollándose este será el siguiente paso del proceso. FOTO ABAJO: El agua se desploma desde todas partes monte abajo sobre la roca desnuda. Apenas tiene unos pocos meses en los que puede fluir, y los aprovecha.




Íbamos progresando en altura. Yo ya notaba que el aire cundía menos y me cansaba más rápido. Llegamos a Ramjak, a 4.400 metros. Allí montamos la tienda para subir al día siguiente a Shinkun La. Tomamos un Ibuprofeno, una buena cena a base de arroz y nos acostamos, pues al día siguiente nos queríamos levantar a las cuatro de la madrugada (uf). Esta porquería de sitio con un muro de cuatro piedras (las dos siguientes fotos) resultó ser Ramjak.






Contra todo pronóstico, dormimos muy bien, sin apenas molestias por la altura. Yo ya sabía que no soy propenso a la altura, pues la había experimentado una vez sin consecuencias, pero me esperaba molestias. David también estaba bien. Perversamente aprovechamos la feliz ocasión para reírnos de un colega suyo que al pasar los 4.000 metros tratando de subir el Mont Blanc se encontró mareado y extenuado y se dio la vuelta... ¡nenaza!

Despertar a las cuatro de la mañana, siendo noche cerrada en pleno Junio y haciendo tanto frío (mi termómetro marcaba 4 ºC) me pareció una experiencia surrealista y me daba a entender que íbamos a hacer algo grande (pobres de nosotros, con nada nos sentimos montañeros). Estábamos fuertes y llenos de energía. El guía nos hizo, como siempre, un desayuno bárbaro con tortilla, huevos, té, galletas y todo tipo de cosas ricas. Aquí estamos: (nosotros parece que vamos a Siberia, mientras el guía parece que va a alguna playa)





La subida a Shinkung La es una ruta relativamente frecuentada por arrieros, muleros (no e-muleros, aquí no) y viajeros en general que tienen que llegar a Sumdo y otros pueblos del valle de más allá, ya en Cachemira. Mientras subíamos y se iban disipando las nieblas de la noche nos encontramos con este grupo (no sé a vosotros, a mí me encanta esta foto):




La nieve y el hielo empezaban a aparecer a nuestra cota...







Subiendo Shinkun La, que lógicamente cierra el valle, se llega al nacimiento del río que veníamos siguiendo, el Sangpo, a unos 4.900 metros. Este río nace del deshielo de un glaciar que al subir dejábamos a nuestra derecha. En las fotos de abajo se ve el caos de bloques de hielo en el que el glaciar se rompe al llegar al río. En la parte de arriba de las fotos, ya en segundo plano, lejos, se ve el circo desde el que el glaciar fluye. Desde arriba se tenían buenas vistas del conjunto.







Arriba de Shinkun La, asomados a Cachemira

Cansados, pero menos de lo que habíamos previsto, llegamos finalmente a Shinkun La (a 5.090 metros). En lo alto del paso hay muchas de esas vistosas banderolas de colores que los budistas colocan a diestro y siniestro como ofrenda, especialmente en sitios como este. El entorno es fascinante. Hay un lago (estaba aún casi completamente helado) y vistas a varios picos de cerca de 6.000 metros de altura con gruesos glaciares.







Mientras estábamos arriba llegó la caravana de mulas que nos habíamos encontrado a la subida. Resultaron ser materiales de construcción y madera para una escuela que la cooperación suiza construía en una aldea de Cachemira. No quiero ni imaginar cómo es una obra en la que el material ha de ser transportado en mulas.




Una digresión desde las alturas... Shinkun La es la frontera de los estados de Himachal Pradesh y Cachemira. Y hay bastante que hablar acerca de Cachemira, además de sus tremendos paisajes, porque es uno de los lugares más sensibles del planeta. Pakistán y China tienen una importante controversia acerca de la propiedad de Cachemira, lo que ha provocado ya dos guerras y que los tres países implicados acaben convertidos en potencias nucleares. Se trata de la zona en la que convergen el islam,  el budismo y el hinduismo y donde conviven culturas e idiomas diferentes sin demasiados problemas sociales habitualmente, aunque sí políticos. La frontera actual es tan solo una línea de alto el fuego y no es reconocida por ninguna de las partes (aunque sí por el resto del mundo, que cruza los dedos). Actualmente hay poca violencia en torno al conflicto de Cachemira, pero siguen existiendo grupos paramilitares en los lados pakistaní e indio apoyados extraoficialmente por los gobiernos que provocan atentados y mantienen alta la tensión. La zona occidental de la Cachemira india (la zona de Srinagar) es algo peligrosa y a veces hay sucesos desagradables, disturbios y alguna matanza. La oriental (la zona de Leh) es bastante segura, en cambio.

La foto que os pongo abajo está tomada de un mapa que me impresionó mucho cuando lo vi, porque rápidamente noté algo extraño, como cuando uno mira un mapa de Marruecos que incluye el Sahara. El mapa marca en rosa toda la Cachemira reivindicada por India, lo que incluye una porción enorme de Pakistán y un trozo de China. Así, según el editor del mapa (que probablemente contará con las bendiciones gubernamentales), India tiene frontera con Afganistán y casi llega hasta Islamabad. Una locura que puede acabar en guerra nuclear. A mí me llamó mucho la atención. Mirad el mapa.




BuenoAllá arriba estábamos eufóricos y nos sentíamos fuertes como toretes. Nos reíamos de la altura, que tanto nos había preocupado hacía unos días. Nos lamentábamos de no haber previsto esto y no haber intentado preparar la subida a alguno de los picos que rodean Shinkun La (hay uno cercano, sin nombre conocido, de 5.920 metros). Nos hubieran hecho falta sólo unos crampones y un día más de tiempo, pues parecía muy sencillo, poco más que una cuesta congelada. Habrá que volver en otra ocasión.

Dejamos al guía tranquilamente tumbado en el paso y nos fuimos de paseo hacia el oeste, subiendo por la cuerda, hasta unos 5.200 metros. Las vistas eran excelentes, el aire fresco y claro y había sol.

Viendo el sondeo de ese día de Delhi (imagen abajo) y consultando los listados de datos puede deducirse que estábamos sometidos en ese punto a una presión de sólo 535 mb, fascinante. La temperatura del aire debía ser +0,2 ºC según los datos, pero la verdad es que no se sentía así, pues el sol caía con fuerza. La presión es casi la mitad de la que existe a nivel del mar... y casi ni lo notábamos. Esto estaba relacionado, seguramente, con que habíamos pasado ya varios días a alturas superiores a 3.000 metros y nuestro cuerpo estaba aclimatado.




Desde aquel punto más lejano al que llegamos todo estaba presidido por este mazacote de las dos fotos de abajo. Es un complejo con un glaciar de casquete superior, bastante grueso, que fluye hacia el sureste y un glaciar de circo a sus pies, formado en parte por nieve recogida en el circo y la desprendida del casquete principal y alguno secundario. Este glaciar de circo inferior está estructurado en tres terrazas, fluye hacia el oeste y es el que forma al fundirse el río Sangpo, que aparecía en las fotos anteriores. El pico tenía un aspecto imponente y pinta de tener más de 6.000 metros... pero no figuraba en los mapas






Bajando Shinkun La

Volviendo de Shinkun La me entró una fuerte tristeza. El viaje consistiría a partir de ese momento en un lento regreso a España. Viendo cosas, parando, disfrutando de India pero, en suma, volviendo. Primero bajar el Himalaya, luego seguir a Delhi y luego sentarse en un avión de vuelta a casa.

El sol apretaba mucho ese día. No hacía calor, pero deslumbraba, picaba y quemaba mucho. A esto se le unía que al estar en una latitud baja y cerca del solsticio el sol caía casi a plomo. Y allá arriba sólo queda la mitad de aire por encima de nuestras cabezas y los ultravioletas achicharran en frío, así que hay que tener cuidado. La gente del lugar tiene la piel cobriza oscura y siempre usan gorro y a menudo gafas de sol.




FOTO ARRIBA: Bajando Shinkun La quedaba un larguííííísimo camino que recorrer de valles infinitos bordeados de picos nevados. Todo ello bajo un sol frío pero abrasador.



La vuelta se me hizo muy dura. Me dolían terriblemente los pies y estaba agotado. Nos cruzamos con dos grupos de europeos que hacían nuestra misma ruta. A unos David casi tiene que hacerles el boca a boca, pues llegaban que daban pena, achicharrados, diarreicos, cansados y sin mapa; se conformaron con unas medicinas y unas indicaciones. Aquello pobres griegos... ¿cómo acabarían el viaje? Tras hacer nueva parada y fonda –caímos secos según apoyamos la cabeza- al día siguiente llegamos hasta Pal Lhamo, donde nos recogió el todoterreno para devolvernos a Kyelong




FOTO ARRIBA: Largo camino y con piedras afiladas: ahí murieron mis botas, hechas casi jirones.


Luego el transporte de vuelta nos subió otra vez Rhotang La para volver a Manali, ya siempre hacia el sur. En la foto de abajo, el último vistazo antes de perdernos en la niebla del puerto. El último vistazo hacia Lahaul, a donde, estoy seguro, volveré en el futuro, por más caro que se ponga el petróleo:





Una anexo. Fotos de glaciares en Lahaul

Me encantan los glaciares. Sin duda es el fenómeno natural que más me atrae. Aquí pongo, un poco desordenadas algunas otras fotos de glaciares que vimos en nuestra estancia en Lahaul, aparte de los que ya he ido poniendo antes en los alrededores de nuestro trekking. Algunos se podían ver desde la misma carretera. Un entorno inigualable.





FOTO ARRIBA: Este enorme frente glaciar, con una lengua tan sugerente es visible desde la carretera que va al norte desde Kyelong (llamada con cierta ironía “autopista” Manali-Leh). Se corresponde con una de las muchas lenguas que lanza un glaciar situado sobre la aldea de Jispa.







FOTO ARRIBA: Este complejo glaciar es visible desde el mismísimo Kyelong. ¿A quién no le gustaría ver esto al abrir la ventana de casa?






FOTO ARRIBA: Una grieta en el glaciar de Shinkun La





FOTO ARRIBA: Esta estupenda lengua está en claro retroceso, dejando vistas todas esas rocas aborregadas que ha debido cubrir hasta hace pocos años. Parece que forma una cavidad gigantesca en su frente actualmente.








FOTO ARRIBA: EL grosor del glaciar superior de la foto (que creo se llama Glaciar Gondla) será de al menos doscientos metros y parece que periódicamente genera tremendos desprendimientos sobre el inferior, que le debería por tanto la existencia.







FOTO: Esta elevada llanura de innivación apenas llega a formar una lengua glaciar en la actualidad, pese al enorme circo. No obstante se ve un claro modelado glaciar en el circo y en el valle. Pero el circo está orientado al norte y, en Lahaul eso implica que recibe menos innivación, lo que seguro que influye en su poca fuerza y en su retroceso.



Otros reportajes:

« Última modificación: Sábado 16 Abril 2011 13:35:55 pm por Rub-Logroño »

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Re: Un viaje por el NW de India
« Respuesta #4 en: Lunes 08 Septiembre 2008 01:51:41 am »
Un viaje por el NW de la India

Parte IV. Volver, volver


Coming up
« Última modificación: Lunes 08 Septiembre 2008 10:47:34 am por Rub-Logroño »

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Re: Un viaje por el NW de India
« Respuesta #5 en: Lunes 08 Septiembre 2008 10:51:20 am »
Un reportanje de documental de tv,
Que malas son las prenociones

febrero 1956

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Re: Un viaje por el NW de India
« Respuesta #6 en: Lunes 08 Septiembre 2008 11:03:21 am »
Sencillamente impresionante :master: :master:
Crónica magistral de un viaje magistral; de lo mejorcito que he leído.
Espero con ganas los siguientes episodios ;)
« Última modificación: Lunes 08 Septiembre 2008 11:11:48 am por febrero 1956 »

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Re: Un viaje por el NW de India
« Respuesta #7 en: Lunes 08 Septiembre 2008 11:10:25 am »
Me alegro de que hayas vuelto al foro, tocayo, y de que publiques estos reportajes auténticamente fenomenales.

La pena es que ahora (ya sabes porqué) no tengo mucho tiempo para leerlo, pero te prometo que será de lo primero que haga a partir del lunes 22.

¡Eres grande!  ;)

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Re: Un viaje por el NW de India
« Respuesta #8 en: Lunes 08 Septiembre 2008 15:11:06 pm »
quieroooo maaaaaaaaaaaaaaaaaaassssssssss!!!!...es estupendo ver las fotos y leerte...es que literalmente nos transportas...
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Re: Un viaje por el NW de India
« Respuesta #9 en: Lunes 08 Septiembre 2008 20:36:37 pm »

Impresionante !!!

También quiero más,  ;D.

un saludo
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Re: Un viaje por el NW de India
« Respuesta #10 en: Lunes 08 Septiembre 2008 21:12:41 pm »
Muchas gracias a todos por vuestros halagos!  :D

¡¡Pero si ya sé que son unos ladrillos infumables!! :)    :risa:   Pero me hace ilusión escribirlos y creerme Kapuscinsky  ;D

Lo tengo todo a medio escribir y las fotos a medio elegir, en unos días está todo colgado y completo. De momento ya está puesta la segunda parte.


La pena es que ahora (ya sabes porqué) no tengo mucho tiempo para leerlo, pero te prometo que será de lo primero que haga a partir del lunes 22.

Mucha suerte, que de esta cae, ¡¡¡segurísimo!!!  Voy a darle vueltas a un chisme de esos budistas pensando en tu examen y ya verás  ;D


Saludos!!

Logroño (Centro, 384 m) o Ciudad de Guatemala (1500 m)

Reportajes: Gúdar, Vignemale, Brecha de Rolán, Marrakech-Dakar, NW de India, Picos de Europa, Bisaurín

febrero 1956

  • Visitante
Re: Un viaje por el NW de India
« Respuesta #11 en: Lunes 08 Septiembre 2008 22:21:55 pm »
Cita de: Rub-Logroño link=topic=92777.msg1821860#msg1821860 

  Pero me hace ilusión escribirlos y creerme Kapuscinsky  ;D



¿Teníais también vosotros un taxista que lo único que entendía era "problem" y "no problem" ? ;D ;D ;D
Lo que me reí con Kapucinsky y sus "Viajes con Heródoto"
« Última modificación: Lunes 08 Septiembre 2008 22:25:57 pm por febrero 1956 »